El arquitecto describió el diseño como una fusión de formas bizantinas e islámicas, mientras que otros ven en él una reinterpretación moderna de las tradiciones constructivas de la región. El edificio ha despertado a lo largo de los años tanto admiración como burlas, e incluso ha aparecido en listas de los edificios más feos del mundo, lo que no ha hecho más que aumentar su fama.
En el interior, los lucernarios de las cúpulas llenan de luz natural un edificio que alberga una colección de unos dos millones de piezas. Su silueta insólita lo convierte en una de las imágenes más reconocibles del centro de Pristina y en una parada esencial en cualquier paseo por la ciudad.








