Las ruinas se descubrieron por casualidad en 1972, durante la construcción de bloques de pisos, y al año siguiente se declararon monumento cultural. Los arqueólogos identificaron un asentamiento rural de los primeros siglos d. C. que en el siglo III se había convertido en una villa romana, cuya sala principal, rematada en un ábside, estaba pavimentada con mosaicos. Los primeros excavadores creyeron que más tarde, en los siglos V-VI, se levantó aquí una basílica paleocristiana, aunque excavaciones más recientes, que sacaron a la luz cubas para fermentar mosto, apuntan más bien a una villa agrícola en funcionamiento.
Hoy puedes ver los suelos de mosaico, decorados con motivos geométricos, aves y peces, junto con el trazado de muros y estancias; los planos del lugar ayudan a entender la distribución. El yacimiento volvió a abrir al público en 2010. La visita es corta, pero es un contrapunto fascinante al perfil moderno de Tirana.
Para cualquiera con curiosidad por el pasado romano de la zona, merece mucho la pena el pequeño desvío.








