Según la tradición local, las parejas que querían divorciarse eran encerradas primero juntas en esta estancia hasta dos semanas, por orden del obispo luterano. Tenían que compartir una sola cama, una sola mesa, un solo plato, una sola cuchara y una sola taza. Según cuenta la historia, la mayoría salía reconciliada, y en 300 años solo se registró un divorcio.
La diminuta estancia, amueblada como podría haber estado, forma parte de la visita a la ciudadela, cuyas murallas, torres y pasadizos rodean la iglesia.
Pregunta por ella al entrar en la ciudadela y sigue luego hasta la iglesia, con su retablo tallado.



